Esta semana de la mano
de LAURA MASCARÓ ROTGER, una mujer que ha encontrado el
equilibrio entre sus tres
vocaciones: el Derecho, la
educación y la escritura, os dejamos una reflexión que nos puede ayudar en muchos momentos
en la relación con nuestros hijos y las normas.
LAURA MASCARÓ ROTGER menorquina, abogada, escritora, madre
homeschooler y pedagoga en proceso de formación. Presidenta de la Plataforma
por la Libertad Educativa, Consejera de la Libertarian International
Organization y miembro del Instituto Juan de Mariana.
Como los
castigos, en el sentido tradicional del término, empiezan a ser políticamente
incorrectos, los adultos hemos recurrido no a nuevas estrategias sino a nuevos
eufemismos. Hay un castigo clásico llamado “time
out” (tiempo fuera) que consiste en aislar durante cierto período de tiempo al
niño que se ha portado mal. En primer lugar, deberíamos revisar el concepto de
“portarse mal”. ¿Se ha portado mal el niño de dos años que ha derramado el vaso
de leche porque todavía no ha terminado de desarrollar su motricidad fina? ¿Se
ha portado mal el niño que ha montado un escándalo porque no quería bañarse a
la hora que tú has decidido que debía hacerlo? En segundo lugar, deberíamos
revisar, también, nuestras normas que, normalmente, son arbitrarias y tienen
poco sentido. ¿Es realmente tan importante merendar a las cinco y no a las seis
de la tarde? ¿O tendría más sentido que el niño merendara cuando tuviera
hambre? ¿Es tan importante ver la tele sólo durante una hora al día? ¿O tendría
más sentido negociar con él para que pueda ver su programa favorito completo en
vez de disponer sólo de cierta cantidad de tiempo?
Hace unos
días, un amigo me contaba que su hijo de cinco años había estado jugando al
fútbol dentro de casa y que había roto una bombilla. Su padre (mi amigo) le
explicó por qué no era conveniente jugar al fútbol dentro de casa y por qué era
peligroso que se hubiera roto la bombilla. Además, le impuso un castigo
consistente en no bajar al parque con él a jugar a fútbol por la tarde, tal
como habían quedado. Mi amigo no se daba cuenta de que el niño no había tenido
ninguna intención de romper nada (ni la bombilla ni las normas familiares); de
que, muy probablemente, había tenido suficiente con el susto de ver que la
bombilla le caía encima hecha pedazos (no digamos ya de ver el enfado de su
padre); y tampoco se daba cuenta de que aunque, en efecto, las acciones tienen
consecuencias, el prohibirle bajar al parque no es en absoluto una consecuencia
lógica y natural del hecho de haber roto la bombilla. Aplicando este tipo de
consecuencias artificiales lo que conseguimos es que nuestros hijos se
esfuercen por no ser descubiertos en futuras ocasiones y esto implica que
empiecen a mentirnos. Si nuestros hijos confían en nosotros y se sienten
seguros en nuestra compañía, nos contarán las cosas que han hecho o que les han
pasado. Pero, si no confían en nosotros y no se sienten seguros porque
saben que les caerá una “consecuencia”, lo más probable es que no nos lo
cuenten. Ni a los dos años, ni a los siete ni a los dieciséis. ¿Es ése el tipo
de relación que queremos tener con ellos? Porque es fácil quejarse de lo
herméticos que son los adolescentes y no querer darse cuenta de que, quizás,
somos nosotros los que hemos alentado esta actitud cuando, de pequeños, los
hemos mandado a “pensar” en vez de hablar con ellos.
Aislar al
niño por haber incumplido normas que quizás no comprende (y que quizás no
tengan ningún sentido) supone una enorme falta de respeto hacia él, además de
una humillación totalmente innecesaria (como toda humillación, dicho sea de
paso). Se le ha cambiado el nombre al clásico “time out” y ahora se le llama
“silla o rincón de pensar”. Con lo cual convertimos el pensar en un
castigo. Quiero creer que, en realidad, no queremos que nuestros hijos crezcan
con la idea de que pensar es un castigo. Sin embargo, ése es justamente el
mensaje que les transmitimos. Es más, durante el tiempo que dura su aislamiento
lo que el niño piensa en realidad es cómo evitar ser descubierto la próxima
vez; y la lección que aprende es que gana el más fuerte o el más astuto. De
este modo, el niño aprende a calcular el “precio” de sus acciones y a decidir,
en cada caso, si vale la pena o no asumir el riesgo.
Desde los años 50, los científicos que han estudiado la disciplina han
venido clasificando a los padres en función de que basaran sus actos hacia los
niños en el poder o en el amor. La disciplina basada en el poder incluye (o
puede incluir) pegar, gritar y amenazar. Los castigos, por supuesto, son
una forma de amenaza, un claro (o encubierto) chantaje: “si no te acabas la
comida, no podrás salir a jugar”, por ejemplo. La disciplina basada en el amor,
en cambio, incluye prácticamente todo lo demás.
Tomado del "Artículo publicado el 19.03.2011en Última Hora Menorca”
A los lectores interesados en conocer alternativas
prácticas y reales al castigo, la autora
nos recomienda encarecidamente la lectura de los libros “Por
tu propio bien” de Alice Miller, “Crianza
incondicional” de Alfie Kohn, “Ser padres sin castigar” de Norm Lee (disponible gratuitamente online), “Padres liberados, hijos liberados” de Adele Faber y Elaine Mazlish...
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